viernes, 29 de mayo de 2015

Sancho I de León " el Craso"






Sancho nació en 935, hijo del Rey de León Ramiro II y de su segunda esposa Urraca de Navarra y por lo tanto nieto de Toda de Pamplona, por parte de su madre, siendo esta reina una gran influencia en su vida. Debió ser un niño mofletudo y hermoso porque , a decir de algunos cronistas, se convirtió en el favorito de su padre. Dicen que el rey Ramiro se esforzó en darle una buena educación, a pesar de que al no ser el primogénito no era a él a quien en principio correspondía heredar el Reino.

Corría el año 951 cuando moriría Ramiro, siendo sucedido en el trono por su hijo Orduño III. No estaba contento Sancho con la pérdida de lo que consideraba su Reino, y se enfrentó a su hermano, hasta que cuatro años después Orduño moriría dejándolo como dueño y señor de León a cuyo trono accedió con el nombre de Sancho I. Pero, no estaba exento Sancho de enemigos entre la nobleza siendo de todos ellos el conde Fernán González el más peligroso.

Sancho además de ganar enemigos también ganaba kilos, y muchos, tantos que sus contemporáneos empezaron a llamarle el Craso. Era tal la cantidad de grasa que acumulaba en su cuerpo que llego el día en que no podía ni siquiera vestir una armadura, ni manejar las armas ni subir a un caballo, pues no había cabalgadura que soportase el peso del rey, y por lo tanto resultaba imposible que se pusiera al frente de sus hombres para dirigir una batalla. No reunía por tanto las características que debían adornar a cualquier rey de la época y los nobles a cuyo frente estaba Fernán González tardaron apenas dos años en expulsarle, colocando a Orduño IV, apodado el Malo, en el trono. 

Miniatura representando a Sancho I de León

Sancho corrió a refugiarse en Navarra, donde su abuela Toda que no estaba dispuesta a consentir que su nieto perdiera el trono de sus padres y que, además, era una mujer inteligente y emprendedora, comprendió de inmediato que lo primero que necesitaba Sancho era una nueva imagen, perder muchos kilos y ganar de ese modo la estima de los soldados. Pero, también comprendió Toda que esa labor no podía realizarla sola. Necesitaba un médico que ayudara al nieto enfermo y necesitaba que fuera uno de los mejores médicos de allí donde la ciencia había avanzado a pasos agigantados, así que, tragándose su orgullo se decidió a pedir ayuda a su gran enemigo, Abderramán III. El califa de Córdoba respondió favorablemente y envió a Navarra a uno de sus médicos. 

Hasday Ibn Shaprut, visitó al paciente, hizo su diagnóstico y dijo que el enfermo tenía curación, pero que para poder realizar el tratamiento Sancho debería viajar hasta Córdoba. Lógicamente el tratamiento tenía un precio y la reina Toda después de muchas discusiones ofertas y contraofertas, acordó ceder, siempre que la curación se produjera, diez fortalezas al Califa y desplazarse a Córdoba con su nieto para seguir el tratamiento, recibiendo también, cuando éste finalizara, ayuda militar para volver a ganar su Reino. 

Ya se había casado Sancho con Teresa Antúnez, así que real paciente, su esposa y la reina Toda se pusieron en camino. No era fácil el traslado, Sancho no cabía en un carro, así que en un principio se le trasladó en una torreta de asalto, pero cuando ésta cayó en un río y se rompió no sabían cómo continuar el viaje. Fue a Hasday a quien se le ocurrió colocar una tienda de lona especial tirada por cuatro mulas y sobre la que iría colocado Sancho, y así continuaron un viaje de 800 kilómetros, que se estaba convirtiendo en un autentico calvario. 

Toda de Navarra

Por fin llegaron a Córdoba y fueron alojados con todos los honores en la Medina Azahara. Allí comenzó el segundo calvario del enfermo, fue sometido a una dieta muy dura, durante más de cuarenta días tan sólo podía tomar líquidos, unas hierbas preparadas por su médico, y purgantes. Como era de esperar durante estos cuarenta días, en los que estaba vigilado día y noche para evitarle tentaciones, las diarreas eran constantes así como los vómitos. Finalizado este periodo se le fueron dando pequeñas porciones de comida, preferiblemente fruta a la que se aficionó y que finalmente serían su perdición. Al final se consiguió el objetivo, la grasa fue desapareciendo y perdió casi la mitad de su peso. Mientras su nieto sufría el tratamiento la reina Toda iba perfilando junto al Califa el plan para recuperar el reino.

En el año 960 Sancho con ayuda de las tropas cedidas por Abderramán y con Ibon Tumlus al mando de las mismas y con las del Reino de Navarra de su abuela, recuperó Zamora y volvió a lucir en su cabeza la corona como Rey de León. Tocaba ahora a Sancho cumplir con lo pactado y entregar al Califa las fortalezas prometidas pero, se dio la circunstancia de que Abderramán murió en 961 y el Rey leones pensó que podría muy bien librarse de cumplir con lo prometido. Pero el sucesor de Abderramán no estaba por la labor de consentir el agravió y mando a sus tropas para obligar al de León a cumplir su palabra. Sancho fue derrotado y se vio obligado a solicitar a los musulmanes una tregua. 

Abderramán III

Esta derrota le costó un nuevo enfrentamiento con los nobles y en esta ocasión, la rebelión de la nobleza tuvo consecuencias muy graves para su persona. Sancho moría en 966 victima de envenenamiento al comer una manzana. Según el cronista Sampiro fue el conde Gonzalo Menéndez quien le dio la manzana envenenada, aunque no todos los historiadores se muestran de acuerdo en la autoría del asesinato.

domingo, 10 de mayo de 2015

María Manuela de Portugal




María Manuela de Portugal.- Anónimo. Museo del Prado


Vino al mundo en Coimbra el 15 de octubre de 1527. Era hija de Juan III de Portugal y de Catalina de Austria - aquella infanta que durante años acompañó a su madre, la Reina Juana I, en Tordesillas – y biznieta por lo tanto de los Reyes Católicos.

La infancia de María Manuela transcurrió de forma tranquila. Su madre, Catalina, le procuró una buena educación: aprendió danza, latín y canto; enseñanzas propias de una princesa destinada, como era lógico, a realizar un matrimonio conveniente.

En el año 1542, el rey de España, Carlos I, considera que ha llegado el momento de buscarle esposa a su primogénito el príncipe Felipe y la novia elegida será María Manuela de Portugal. Ambos jóvenes tienen quince años y son primos por partida doble. La reina Catalina, madre de María Manuela, era hermana de Carlos I y su padre, el rey Juan III, era hermano de la madre de Felipe. Es por ello que Ludwig Pfandl dice que "éste matrimonio era un eslabón más en la larga cadena de matrimonios consanguíneos de la casa de Austria".

Hubo que pedir dispensa Papal para que pudieran contraer matrimonio y, concedida ésta, se celebró la boda por poderes en Portugal. La princesa entró en España por Badajoz continuando hacia Salamanca donde iba a celebrarse la misa de velaciones. 

Felipe, había oído decir que la princesa era " muy hermosa" pero, queriendo conocer todos los detalles, había solicitado al embajador de España en Portugal, Sarmiento de Mendoza, una descripción de su prometida, y esto es lo que deja escrito el embajador: "la señora Infanta es tan alta y más que su madre; más gorda que flaca y no de manera que no le esté muy bien; cuando era más muchacha era más gorda; en palacio ninguna dama está mejor que ella". María Manuela era de mediana estatura, tenía unos bonitos ojos, una boca pequeña, la tez blanca y el cabello rubio y estaba entradita en carnes. 

María Manuela de Portugal.-Anónimo

Era ya el mes de noviembre de 1543 cuando, en la catedral de Salamanca, se celebra el matrimonio. Según nos cuenta Junceda Avelló, en la noche de bodas y cumpliendo con la tradición, los altos dignatarios habían permanecido con los recién casados durante el tiempo que dictaban las normas, pasado el cual, se retiraron y dejaron solos a los recién casados pero, apenas dieron las tres de la madrugada D. Juan de Zúñiga, antiguo preceptor de D. Felipe se presentó en el dormitorio y separó a los nuevos esposos para que pasasen cada uno a descansar en su lecho. Cumplía las órdenes del Rey.

D. Carlos, temeroso de que a su hijo le sucediese lo mismo que le había sucedido a su tío D. Juan, el primogénito de los Reyes Católicos, de quien se decía que había muerto por sus excesos en el tálamo, escribió a Felipe una carta de recomendaciones sobre este particular. En ella, entre otras cosas decía:" puesto que vos sois de poca y tierna edad….conviene que no os esforcéis como hizo el Príncipe D. Juan…. os aconsejo que no bien halláis consumado el matrimonio, que os apartéis al menor impedimento, y que dejéis de visitar a vuestra esposa desde ese momento, y que cuando volváis a ella que sea por breve tiempo". En el deseo de evitar los abusos conyugales, el emperador recomienda a D. Juan de Zúñiga que duerma en la misma habitación que el príncipe a fin de evitar el exceso de visitas a la cámara de su esposa. Así pues, la luna de miel de los príncipes estuvo altamente vigilada. 

No era ésta la única vigilancia a la que se vio sometida la nueva princesa de Asturias, también su madre, Dª Catalina, vigilaba a su hija. A través de la camarera mayor, Dª Margarita de Mendoza, recibía informes de los posibles excesos en el yantar de María Manuela. Preocupaba a la reina de Portugal el buen apetito de su hija y que el exceso de gordura mermara su capacidad para procrear, misión principal de toda princesa.

Había también otras cosas que preocupaban a Dª Catalina - que no olvidaba la historia de su madre, Juana "La Loca"- y, por ello entrega a su hija antes de su partida una serie de recomendaciones escritas de su puño y letra. Entre otras cosas le decía: "mucho os pido que no se os ocurran celos, porque no servirán sino para dar descontento al Príncipe, vuestro marido, y a vos….pon todos tus sentidos en el propósito de no dar nunca a tu marido una impresión de celos, porque ello significaría el final de vuestra paz y contento". 

Felipe II.-Tiziano

En diciembre de ese mismo año le aparecen a D. Felipe unas erupciones en los muslos, probablemente sarna - según el propio Zúñiga - pero los cónyuges son separados de inmediato y no se les permite volver a reunirse hasta cinco semanas después.

María Manuela no había reglado todavía cuando contrajo matrimonio y los médicos de la corte a fin de acelerar el proceso la someten a varias sangrías. Advertida de la situación por Dª Margarita de Mendoza,  la reina Catalina se apresuró a escribir a la corte española para intentar frenar las sangrías :"a este fin no se debe hacer nada porque el Príncipe es muy mozo…porque estas medicinas más dañan que aprovechan".

La menstruación de María Manuela, altamente celebrada, se produjo en el verano de 1544 y, para satisfacción de todos, la princesa queda embarazada en septiembre. Carlos I, desde Gante donde se encontraba, envía a su hijo sus felicitaciones. También Dª Catalina se encuentra feliz. 

Durante la gestación no se produjeron complicaciones. Los príncipes se encontraban en Valladolid y fue allí donde, el 8 de julio de 1845 y durante la noche, se produjo el alumbramiento. Fue, para alegría de todos, un varón y se le impuso el nombre de Carlos. Este príncipe sería, pasados los años, una autentica amargura para su padre. 


Carlos de Austria y Portugal.-Sanchez Coello. Museo del Prado

El parto se desarrolló con muchas dificultades, aunque María Manuela lo soportó estoicamente. Los dolores duraron varios días y dado que venía " mal colocado" dos comadronas tuvieron que manipular durante horas para lograr extraerlo. El propio D. Felipe en carta escrita a su padre explica que el parto había durado dos días pero que la princesa ".. ha quedado muy buena".

El optimismo de Felipe se vio frustrado al día siguiente del parto. María Manuela tuvo algo de fiebre. Dos días después la fiebre había aumentado la princesa tenía escalofríos y deliraba y la hemorragia había disminuido. Su médico personal, un portugués del que se desconoce el nombre, recomendó baños de agua salada para disminuir la fiebre y que se la mantuviera abrigada para que sudara. Los médicos españoles recomendaron la sangría. Los galenos discuten y finalmente se la sangra. El médico portugués abandona la corte. 

María Manuela fallece el 12 de julio. Todavía no había cumplido los 18 años. Las causa que se adujeron para explicar su muerte fueron disparatadas. Para algunos la culpa la tuvo la propia princesa que se había comido un limón o un melón - no está muy claro- estando recién parida.

Hoy, se considera que la causa del fallecimiento fue una sepsis puerperal. Se dieron muchas circunstancias que favorecieron este desenlace, María Manuela era una primípara, tenía menos de veinte años y tuvo un parto prolongado durante el cual se la estuvo manipulando vaginalmente por unas comadronas no demasiado expertas. A todo ello se unió la falta de asepsia de aquella época. 

María Manuela está enterrada en el Panteón de Infantes del Monasterio del Escorial

domingo, 26 de abril de 2015

Luisa Isabel de Orleáns



Luisa Isabel de Orleáns. Anónimo. Museo del Prado


Tras un parto de cuarenta horas nacía el 11 de diciembre de 1709, la quinta hija del matrimonio formado por el duque de Orleáns y María Francisca de Borbón, hija "legitimada" de Luis XIV y de Madame de Montespan. No es de extrañar por tanto que se dijera " Luisa Isabel de Orleáns empezó a ser desagradable en el mismo momento de su venida al mundo". Tal vez por la duración excesiva del parto las condiciones vitales de la neonata no eran buenas, por lo que se decidiría aplicarle las aguas del socorro bautismal en la misma cámara de su madre. Se la inscribió después y también con prisas en el registro de la Casa Real, con el título de Mademoiselle de Montpensier y ya nadie se acordó de bautizarla debidamente ni de ponerle un nombre propio. No fue una niña querida y su propia abuela llegó a decir de ella "No puede decirse que Mademoiselle de Montpensier sea fea…Sin embargo es la persona más desagradable que he visto en mi vida"

A los cuatro años fue llevada a un convento de las cercanías de Paris para ser educada, pero fue devuelta a los pocos meses de su llegada porque parece ser que con su comportamiento tenía alborotado a todo el cenobio. A partir de ese momento se la instala en el Palais-Royal y allí se le impartiría la poca educación que recibió.

Cuando la niña contaba doce años y el duque de Osuna iniciaba en Versalles los trámites para las capitulaciones matrimoniales de la pequeña princesa con el príncipe Luis, primogénito de Felipe V, es cuando se dan cuenta de que la niña no tiene nombre y se la bautiza, se le da la comunión y se la confirma a toda prisa. 

Físicamente, Luisa Isabel, recordaba bastante a su abuela materna, la célebre Madame de Montespan y el retrato que de ella se envió a Madrid parece ser que gusto mucho al Príncipe de Asturias, tanto que Felipe V se vio obligado a ordenar que se sacase el cuadro del dormitorio de su hijo puesto que " alteraba el reposo de Su Alteza".

 En enero de 1722 llega a España Luisa Isabel. Su prometido, el Príncipe de Asturias, acude a recibirla a Cogollos y desde allí parten hacia Lerma donde esperaban los Reyes y la corte. Es en Lerma y en su palacio ducal donde se oficia la ceremonia del matrimonio y después y tras un baile de gala, se procede a cumplir con el protocolo. Balansó lo cuenta así: " …siguiendo a sus Majestades, los cortesanos y embajadores extranjeros penetraron en la cámara nupcial. Las cortinas del lecho se descorren y aparecen acostados los príncipes…La exhibición dura pocos minutos…Por fín el Rey ordena cerrar los cortinajes y el desfile se reproduce a la inversa…Mientras tanto el mayordomo y la camarera mayor se han apresurado a separar a los cónyuges." Dado que Luisa Isabel no era núbil, el Rey había ordenado que el matrimonio no se consumara todavía.

Luis I. Jean Ranc. Museo del Prado

Concluido todo el ceremonial de Lerma, los Reyes y los Príncipes de Asturias acompañados por su séquito se dirigen a Madrid. Los habitantes de la Villa, habían preparado gran cantidad de festejos con los que homenajear a Luisa Isabel pero, todos ellos serian suspendidos por causa de una erisipela que sufrió la Princesa y que la tuvo postrada en el lecho. Según Junceda, la salud de Luisa Isabel no era buena y Felipe V refiere que "tenía dos tumores bastante grandes en el cuello, detrás de la oreja". Por ello se llama a consulta al Dr Higgins, médico de cámara de su Majestad y al Dr Chirac,que había atendido a su Alteza en Francia. El tratamiento que se le prescribió fueron sangrías.

Ya desde su llegada a España empieza a dar muestras Luisa Isabel de una personalidad intratable. Se negaba a hablar y andaba por los pasillos eructando y ventoseando. Al principio los españoles pensaron si esta conducta no sería una moda imperante en Versalles y de ahí la razón de su comportamiento pero, conforme pasaban los meses la conducta de Luisa Isabel se tornaba cada vez más estrafalaria.

La corte estaba escandalizada, la Reina, Isabel de Farnesio, repetía una y otra vez a su esposo que se habían equivocado en la elección de esposa para el Príncipe de Asturias. A Felipe V se le ocurrió que tal vez la conducta de Luisa Isabel mejoraría si se alejase de la corte una temporada y con tal fin, en junio, dejaron a los Príncipes solos en el palacio del Buen Retiro y se instalaron ellos en la Granja. La situación empeoró, la Princesa, se negaba a comer en la mesa y lo hacía a escondidas y de manera compulsiva. Aparecía sucia y maloliente, se negaba a utilizar ropa interior y disfrutaba exhibiéndose apenas cubierta con una fina enagua ante todos.

Pensaban los Reyes que tal vez cuando el matrimonio se consumará y vinieran los hijos las extravagancias de Luisa Isabel finalizarían y dado que ya se había manifestado en la Princesa la menárquia, deciden que ha llegado el momento de la consumación. Como si de un regalo de cumpleaños se tratara, el día que el príncipe celebra los dieciséis años, Felipe V da su autorización para la unión conyugal de los jóvenes esposos. Un diplomático francés escribe al cardenal Dubois" los Príncipes esperan con impaciencia la llegada de sus Majestades para ejecutar lo que ya se les había permitido". Sin embargo no parece que la relación sexual fuera satisfactoria, así al menos queda de manifiesto en cartas originales, pero no firmadas, que se conservan en el Archivo Histórico Nacional y en las que el príncipe de Asturias da cuenta de estos hechos a su padre.

En enero de 1724, Felipe V abdica la Corona. El marqués de Grimaldi será el encargado de llevar el acta al monasterio del Escorial donde se encuentran los Príncipes de Asturias. De inmediato éstos emprenden camino hacía Madrid. En febrero tiene lugar la solemne proclamación de Luis I en la iglesia de San Jerónimo. Luisa Isabel ya es reina de España.

Poco después de que haya sido proclamada, el marqués de Santa Cruz escribía "Esta mañana la Reina se fue al jardín y por segunda vez volvió a almorzar con las criadas…después anduvo paseando en ropa interior por todas las galerías de palacio dando locas carreras….A continuación se hizo guisar un pichón y esta tarde se ha hinchado de rábanos con vinagre, que no sé como no revienta, pues por comer se zamparía hasta el lacre de los sobres". Pero no sólo los abusos estaban en la comida, también la Reina bebía en exceso vino, cerveza y aguardiente. En ocasiones se desprendía del vestido y limpiaba con él los cristales frotándolos enérgicamente para asombro de sus damas.

Luisa Isabel de Orleáns. Jean Ranc. Museo del Prado

La situación era cada vez más preocupante y entonces ocurrió un escándalo que conmovió a la corte por sus consecuencias: Luisa Isabel estaba en la huerta de palacio sin ropa interior, con un vestido muy ligero, subida en una escalera y cogiendo fruta, es probable que tuviera miedo de caerse y quizá esa sea la razón de que pidiera ayuda a grandes gritos. El que tenía el deber de ayudarla era el marqués de Magny, que en esos momentos desempeñaba el cargo de mayordomo de semana. El marqués no pudo evitar apartar la vista de las interioridades que Luisa Isabel le mostraba y ésta se estuvo vanagloriando del incidente durante bastantes días.

Esa fue la gota que colmo la paciencia de Luis, quien harto ya de reprender a su esposa decidió recluirla en el Alcázar y allí permaneció Luisa Isabel por espacio de seis días. Cuando se la autorizó a salir estaba mucho más calmada y se mostraba sumisa y muy unida a su esposo. La aparente felicidad duraría poco, en agosto Luis I enferma de viruelas y moriría el último día de ese mismo mes. Durante las dos semanas que duró su enfermedad Luisa Isabel no se separó del lado de su esposo y lo cuidó tan solícitamente que acabó contagiándose de la enfermedad, aunque en ella la evolución fue más benigna.

Felipe V vuelve a ocupar el trono de España y decide que lo mejor es devolver a la viuda de su hijo a Francia. En Marzo de 1725 Luisa Isabel abandona el territorio español con todos los honores que correspondían a una Reina viuda.

Cuando llega a Francia, pasa unos meses en Vincennes y posteriormente Luis XV determina alojarla en el palacio de Luxemburgo. Allí permaneció, sin que existan referencias de vida escandalosa durante esos años, hasta su muerte.

Palacio de Luxemburgo

Según Vallejo-Najera, Luisa Isabel sufría un trastorno límite de la personalidad, consecuencia, probablemente, de los desordenes genéticos provocados por la endogamia - ya que desde tiempo inmemorial sus antepasados se habían casado entre sí- unidos a la carencia afectiva y al ambiente excéntrico en el que vivió sus primeros años. A estos pacientes la situación de orfandad emocional, de sentirse abandonados por aquellos de quienes dependen afectivamente los lleva habitualmente a cometer actos de autodestrucción y a sentirse en estado de permanente confusión y descontrol. 

Luisa Isabel murió el 16 de junio de 1742 a consecuencia, según el Dr Junceda de un coma diabético. Tenía 32 años. Sus restos fueron inhumados en la iglesia de San Sulpicio de París

domingo, 19 de abril de 2015

Charlotte de Prusia



Charlotte de Prusia. Laszló



El 24 de julio de 1860 nacía en Postdam la princesa Charlotte. Era hija del príncipe Federico, heredero de Prusia, y de Victoria del Reino Unido. Cuando nació Charlotte, a la que toda la familia llamaría Charly, su hermano Guillermo tenía ya año y medio. Todo el mundo esperaba tras el parto que la princesa Victoria se sintiera contenta con su nuevo retoño ya que la niña había nacido en perfecto estado y no presentaba ninguna “tara física” como sí le ocurriera a su hermano pero, lo cierto es que tampoco con esta hija se sintió satisfecha Victoria. La niña no era agraciada y eso era suficiente para que la perfeccionista princesa se sintiera decepcionada. 

Conforme iba creciendo la princesita, el disgusto de su madre aumentaba, no solo no era una niña bonita sino que, además, tenía un carácter endemoniado. Era muy nerviosa, por cualquier motivo montaba una “pataleta”, se mordía las uñas y hasta los bajos de los vestidos se los metía en la boca. Su madre, consideraba que los castigos eran la mejor manera de conseguir que la niña no perdiera el control y se equilibrara, así que, la niña pasaba los días continuamente castigada.

El desarrollo emocional de Charly, como el de su hermano Guillermo, no debió ser el adecuado. La princesa Victoria había sido un dechado de perfección, una niña prodigio y además guapa y esperaba que sus hijos también lo fueran. Fue una decepción para ella encontrarse con que su hijo mayor presentaba un brazo inerte y que su hija ni era inteligente ni guapa y además parecía tener los brazos y las piernas cortos en relación a su estatura. Los niños, por poco inteligentes que sean, perciben el afecto o la falta de él de los mayores y probablemente y como consecuencia de la percepción de que no eran los hijos modélicos que su madre hubiera deseado y de que no conseguirían ganarse su cariño, ninguno de los dos tuvo una buena relación con su progenitora.

La calidez que estos niños no encontraban en su madre la hallaron en sus abuelos paternos y, tal vez, esa fuera la razón de que ambos, al madurar, se sintieran conservadores como sus abuelos y no liberales como sus padres. Además, y a pesar de sentir un enorme respeto por su abuela materna, la reina Victoria I, no mostraban ninguna simpatía por el Reino Unido y los dos se sentían enormemente prusianos y muy orgullosos de su origen.

La situación de incomodidad que Charlotte sentía en su casa hicieron que se comprometiera muy pronto, no porque se hubiera enamorado de una forma arrolladora sino porque el matrimonio le facilitaba la salida del hogar paterno. Así que en 1876 y con tan solo dieciséis años se comprometió con el príncipe Bernhard de Sajonia-Meiningen que tenía entonces veinticinco años, era heredero del Ducado y oficial en un regimiento de Postdam. 


Bernhard de Sajonia-Meiningen


Se casaron dos años después en una pomposa ceremonia, como correspondía a una princesa prusiana. Bernhard era todo lo contrario a su esposa, tenía buen carácter, no se metía en nada y era un gran estudioso, tanto, que llegó a convertirse en un erudito de la Grecia Clásica. 

Debido al trabajo de Bernhard se tuvieron que instalar en Postdam, cosa que no gustaba a Charly que deseaba una mayor lejanía de su familia. Un año después de la boda, en 1879, nació su hija Feodora. El embarazo no fue fácil ni el parto tampoco. Es posible que ésta fuera la causa de la displicencia con la que  Charlotte trató a la recién nacida no observándose en ella ningún instinto maternal. Le gustaba decir a quien quisiera escucharla que Feodora había sido su primera hija pero que también sería la última. La niña fue criada por amas, institutrices y por su abuela Victoria. 

A partir del momento en que nace su hija, Charlotte, considera que no está dispuesta a seguir viviendo cerca de sus padres y, una vez conseguido el traslado de regimiento de Bernhard, la familia se marcha a Berlín. Ya instalada en la capital, la princesa, iniciaría el periodo de su vida más rutilante, más lleno de fiestas y compromisos, más alegre. La vida social ocupaba todas sus horas y Charly se desenvolvía en ella como pez en el agua.

Recientemente, en 2010, se publicó en el periódico alemán "Dier Spiegel" un artículo que recoge una investigación realizada por el historiador Wolfgang Wippermann, según el cual, la princesa Charlotte habría promovido, en enero de 1891, una  fiesta de tipo sexual en la que participaron quince miembros de la corte de Guillermo II entre los que se encontraban familiares y amigos íntimos del Kaiser. Wippermann asegura haber encontrado más de doscientas cartas anónimas, algunas de ellas ilustradas con fotografías, que revelan prácticas sexuales prohibidas incluso por la ley de la puritana Prusia de aquellos años. Las cartas sobre la orgía desencadenaron una serie de duelos, promovidos - algunos de ellos - por el propio Emperador empeñado en salvaguardar el honor de la familia. Wippermann sugiere que las cartas podrían haber sido enviadas por la propia Charlotte, a quien gustaban las intrigas y a quien su propia madre calificaba de "malvada".



Charlotte había estado siempre muy unida a su hermano. Durante la enfermedad y muerte de su padre, que enfrentó a Guillermo con su madre, Charly se posicionó en todo momento del lado de su hermano  y cuando éste ascendió al trono convirtiéndose en Guillermo II aprobó todas las medidas de exclusión y vigilancia que su hermano adoptó respecto a su madre. Algún tiempo después las relaciones se enfriarían, debido probablemente al carácter intrigante de Charlotte y a la orgía que había organizado. Tal vez por ello, el Kaiser ordenaría el traslado de Bernhard a un Regimiento de Silesia. Así pues, Charly se vió alejada de Berlín y  como el nuevo destino le  resultaba sumamente tedioso, se dedicó a viajar y a visitar a todos sus parientes europeos.

En 1914 muere el padre de Bernhard y éste se convierte en duque de Sajonia-Meiningen pero, poco le duraría a Charly el título de duquesa, ya que, al final de la Primera Guerra Mundial, Bernhard se ve obligado a abdicar. 

Además de su carácter caprichoso e irritable, la salud de Charlotte nunca había sido buena. Tenía problemas gastrointestinales, cefaleas y dolores articulares. Sufría insomnio y las crisis nerviosas eran frecuentes. Con los años los problemas se fueron agravando y aparecieron las complicaciones renales. Acudía a distintos balnearios que le recomendaban sus médicos que, por otra parte y por no encontrar un diagnóstico, tan solo podían aliviar sus síntomas. Finalmente, la muerte la sorprendió en Baden-Baden el 13 de enero de 1919. Tenía cincuenta y nueve años. 

Algunos historiadores sostienen que la enfermedad de la princesa Charlotte era una porfiria que le habría sido trasmitida por su tatarabuelo, Jorge III, a través de su madre. En el libro “Purple secret”, John Rohl, Martin Warren y David Hunt se decantan por esta causa. Las conclusiones a las que llegan estos autores se basan tan sólo en el estudio de los síntomas. Además y, de momento, tampoco esta demostrado, que Jorge III sufriera porfiria.



Charlotte fue enterrada en el parque del Palacio de Altenstein (residencia de verano de los Duques de Sajonia-Meiningen) en Bad Liebenstein

jueves, 9 de abril de 2015

Juana I "La Loca"




Juana de Castilla - Juan de Flandes


Fue la tercera de los hijos de los Reyes Católicos y por lo tanto Infanta de Castilla y de Aragón desde su nacimiento. Vino al mundo en Toledo un 6 de noviembre de 1479. A pesar de que la corte de sus padres era itinerante, su educación, como la de sus hermanos, fue muy estricta, muy severa y llena de prácticas piadosas. 

Ya desde pequeña dio muestras de exacerbación al hacer las cosas. Se flagelaba con frecuencia para purificarse ante Dios o dormía en el suelo para hacer un mayor sacrificio. No era hermosa pero si atractiva, tenía el cabello castaño, los ojos verdes un rostro ovalado, una figura esbelta y un generoso busto.

A los dieciséis años se la promete con Felipe de Austria. Su compromiso, como no podía ser de otra manera tratándose de una hija de los Reyes Católicos, fue por motivos políticos. El novio era Felipe de Austria, al que la Historia bautizó como Felipe “ El Hermoso”. Acompañada de un nutrido séquito Juana fue llevada a los estados de su prometido para celebrar el casamiento. 

Los prometidos se reunieron en Lier, aunque Juana hubo de esperar a Felipe durante más de 20 días pero, parece ser, que se gustaron desde el primer momento. Tal fue la atracción que aunque la ceremonia nupcial estaba prevista para cuatro días después, llamaron a un sacerdote para que los casara de inmediato, pues, según parece, a ambos les urgía consumar el matrimonio.

Felipe era un hombre muy vanidoso, amigo de recibir adulaciones y acostumbrado a que las damas de su corte cayeran rendidas a sus pies. No estaba dispuesto a cambiar sus costumbres licenciosas por el simple hecho de haber contraído matrimonio. Para Juana las cosas eran distintas, ella se había enamorado y exagerada como era en todas sus manifestaciones en el amor lo fue doblemente. El amor que sentía por su esposo rayaba en la adoración, era pueril, empalagosa y sus celos, en la mayoría de los casos fundados, eran extremos y la llevaban a provocar escenas y situaciones extravagantes. 

Felipe "El hermoso" - Juan de Flandes

Felipe estaba harto de aguantarla, necesitaba aire y libertad y se sentía asfixiado por Juana pero, para calmar sus celos, no veía otra solución que cumplir con sus deberes maritales y lo hacía con acierto puesto que tuvieron seis hijos.

Juana empezó a dar muestras de su enfermedad mental en su primer embarazo. Sus más allegados empezaron a notar cambios en su conducta impropias de una Infanta de Castilla. Quince meses después da a luz a su segundo hijo y, según nos cuentan, lo parió en las letrinas del palacio de Gante al no querer dejar solo a Felipe durante una fiesta y viéndose de pronto acuciada por el inminente parto.

Juana se había convertido ya en heredera del trono de Castilla al morir su hermano Juan y su sobrino Miguel. Los Reyes Católicos, a pesar de que no les gustaba su yerno y de que ya sabían de los trastornos de Juana, les piden que regresen para ser jurados como herederos por las Cortes. No llegaran a España hasta 1502, tras haberse recuperado Juana del parto del tercero de sus hijos. Pocos meses después de realizado el juramento, Felipe decide abandonar Castilla y regresar a sus tierras donde se lo pasaba mejor pero, como había dejado de nuevo embarazada a la Infanta acuerda, a petición de los Reyes Católicos, que Juana permanezca al lado de sus padres hasta que el parto se produzca y se haya recuperado. 

Felipe inicia el viaje contento al verse libre de su empalagosa esposa. No ocurre lo mismo con Dª. Juana. Según Gonzalez-Doría la Infanta "cae en un estado de desesperación al ver partir a su esposo". Pensó de pronto la Infanta que podría, tal vez , alcanzar todavía a D. Felipe y tal y como lo pensó lo hizo. Salió de la cama, descalza y sin ropa de abrigo y echó a andar por los corredores del castillo hasta llegar a la plaza de armas, donde la detuvo el obispo de Córdoba, forcejeó con él y ni sus damas ni el obispo lograron que volviera a sus habitaciones, pasando la noche al raso y dando golpes a los barrotes que le impedían salir. 

Juana y Felipe - Joseph Sequence. Museo de Bellas Artes. Bruselas

Pasó ese verano de 1503 reponiéndose del parto en el Castillo de la Mota y los doctores de cámara, Soto y Gutiérrez de Toledo, que la acompañaban, escriben a la Reina Isabel sobre el estado de su hija : "Algunas veces no quiere hablar, otras da muestras de estar "trasportada"....días y noches recostada en un almohadón con la vista fija en el vacío". Isabel intentaba retener a su hija en Castilla hasta que su estado mental mejorara pero, tan tensas se volvieron las relaciones entre ellas que, al final, la Reina Isabel, aconsejada por Cisneros, la deja partir hacia Flandes. 

En noviembre de 1504 fallece la Reina Isabel. El Rey Fernando proclama de inmediato a su hija como Reina de Castilla. El viaje de la real pareja a Castilla debe posponerse pues Dª. Juana queda de nuevo embarazada y el parto no se producirá hasta septiembre, por tanto, hasta la primavera de 1506 no llegan a su nuevo reino iniciándose entonces, ante el deterioro mental de Juana, las luchas por el poder entre Felipe y Fernando "El Católico". 

Juana está en el quinto mes de una nueva gestación cuando, en septiembre de ese mismo año de 1506, D. Felipe fallece tras una enfermedad que duró pocos días. Según testigos presenciales, cuando se produjo el óbito, Dª. Juana quedó como petrificada, sin derramar lágrimas y sin querer apartarse del lecho. Dio órdenes de que ninguna mujer tocase el cuerpo de su esposo. Mandó que lo embalsamaran y dio su permiso para que lo trasladaran a la Cartuja de Miraflores pero sin enterrarlo. En diciembre decide que D. Felipe debe ser enterrado en Granada y, traspasado ya el umbral de la cordura, inicia el viaje. Escoltaban al féretro frailes y soldados portando antorchas, ya que los caminos solo se recorrían durante la noche, y D.ª Juana cerraba el cortejo tras el ataúd. Lejos del difunto iban algunas de las damas de la Reina. Se descansaba durante el día al cobijo de alguna iglesia del lugar donde parasen. En Torquemada la Reina inicia los dolores del parto y allí mismo alumbrará a la última de sus hijas. No había partera en el pueblo y una de sus damas, Dª María de Ulloa, hubo de ayudarla. 

Juana "La Loca" - Francisco de Padilla.

Salió el Rey D. Fernando, que había regresado ya de Italia, al encuentro de su hija y con engaños y tiempo logró conducirla a Tordesillas. Allí fue alojada en una fortaleza que en su día había sido el palacio de Pedro I de Castilla y el féretro de su esposo se depositó en el convento de Santa Clara.

Las cosas en Castilla estaban revueltas pero, Dª. Juana permanecía ajena a los vaivenes de su Reino. Cuando los Comuneros penetraron en el castillo y quisieron liberarla argumentando que estaba prisionera y en su sano juicio ni siquiera se inmutó, permaneció ajena a todo, mirándolos sin verlos y sin escucharlos. 

Allí encerrada, Juana sufre arrebatos de violencia, golpea a las criadas, rompe las vajillas, esparce los alimentos por el suelo y en ocasiones pasa días sin dormir. Hoy sabemos que tenía una enfermedad mental grave, un síndrome esquizoafectivo con ideas delirantes que se había ido agravando con cada una de sus gestaciones.

Pasaron los años. Llevaba ya algunos de ellos sin querer lavarse ni cambiarse de ropa. El cuerpo se le iba ulcerando, las ulceras se le infectaron y aparecieron la fiebre y los vómitos. Quienes la cuidaban, le arrancan las ropas del cuerpo en un intento de mejorar su estado, los gritos desgarradores se llegaron a escuchar fuera del palacio. Fue inútil. 

Juana "La Loca" recluida en Tordesillas - Francisco de Padilla

Falleció el 12 de abril de 1555. Previamente había tenido un momento de lucidez en el que pidió confesión. Tenía setenta y cinco años y durante cuarenta y seis había vivido recluida.

sábado, 28 de marzo de 2015

Jorge de Kent



Jorge de Kent

Hijo de un rey y hermano de otro, el príncipe Jorge vino al mundo en Sandringham House en el condado de Norfolk en Inglaterra. Fue el cuarto hijo del matrimonio formado por el que un día sería el rey Jorge V del Reino Unido y María de Teck. 

Recibió una educación controlada y estricta como correspondía a un miembro de la Casa Real británica que además ocupaba en el momento de su nacimiento el quinto lugar en la línea de sucesión. Cuando contaba trece años entro en la escuela naval, pero no era este lugar el apropiado para él. Era un joven díscolo e independiente que al llegar a los veinte años tenía seriamente preocupados a sus padres. Consiguió que éstos ante el temor de escándalos, que pudiesen salpicar a la institución monárquica, le permitieran abandonar la Armada. Como algo tenía que hacer ocupó un puesto en el Home Office.

Jorge era un hombre rubio, guapo, culto y un tanto relamido. Era el favorito de su madre, la Reina Mary, ya que ambos compartían la pasión por las obras de arte y por las antigüedades. Se decía que tenía un don especial para distinguir a simple vista un autentico mueble de época de una falsificación. Era extremadamente bohemio y dado que sus ocupaciones en el Home Office no le interesaban demasiado y tampoco a sus dirigentes que las desarrollara o no, se escapaba en muchas ocasiones a la Riviera francesa. Allí se dedicaba a pasear por las playas durante el día y a visitar casinos durante las noches.


Jorge de Kent

La cuestión de la sexualidad del príncipe Jorge era otra de las grandes preocupaciones de sus padres. El joven era bisexual y según se desprende de la larga lista de sus amantes, tanto femeninas como masculinos, muy activo. Se enamoraba de gente no sólo de diverso género sino también de diversa condición social, ricas herederas como Poppy Baring, duquesas como Margarita de Argyll y sobre todo artistas por los que sentía una especial predilección. Entre sus amantes las figuras más destacadas fueron la cantante afroamericana Florence Mills, la estrella musical Jessie Matthews y Noël Coward. Este actor fue su relación más duradera pues durante diecinueve años estuvieron unidos sentimentalmente, aunque esto no impidió a ninguno de los dos mantener otras relaciones. Según la historiadora británica Lucy Moore el príncipe Jorge mantuvo relaciones también con la maharani Indira Raje. 

No era el sexo la única de sus adicciones. Se dice que desde su relación con Kiki Preston ( conocida como la chica de la jeringa de plata) la morfina y la cocaína también formaron parte de sus debilidades. Sus hermanos se preocuparon y llegaron a confinarle en palacio, en una especie de arresto domiciliario, para intentar de ese modo que dejara su adicción, pero no lo consiguieron. 

Parecía que la prensa británica tuviera un pacto de silencio, de hecho y a pesar de que las relaciones del príncipe con Noël Coward eran un secreto a voces, los periodistas callaban y, por lo tanto, la mayoría de los ciudadanos lo ignoraban. Su relación, para la gente común era la de dos solteros que asistían juntos a cenas, al teatro o a conciertos, sin que les uniera otra cosa que una simple amistad. No era tan discreto el príncipe Jorge como la prensa, y en numerosas ocasiones escribía cartas de amor a sus amantes masculinos, algunas de ellas tuvieron que ser rescatadas, previo pago, por su familia ante la amenaza por parte del destinatario de hacerlas públicas. 


Marina de Grecia y Dinamarca

Se consideró entonces que nada mejor para proteger la reputación del príncipe que un matrimonio glamuroso con una bella princesa de sangre real que reuniera belleza, elegancia y un árbol genealógico impecable. No fue difícil encontrarla, la princesa Marina de Grecia y Dinamarca reunía todas esas cualidades. No parece que en los encuentros previos al compromiso surgiera el amor entre la pareja pero, lo que si parece cierto, es que ambos se agradaban mutuamente. Formaban una hermosa pareja, ambos eran guapos, carismáticos, elegantes, sofisticados y con estilo, una buena pantalla para tapar la disoluta vida del príncipe.

Se casaron el 29 de noviembre de 1934, en la abadía de Westminster. Tras la ceremonia, el cortejo nupcial desfiló por las calles de Londres que se encontraban abarrotadas de gente. Todo el mundo admiró la belleza de la nueva duquesa de Kent. A los once meses tuvieron su primer hijo y al siguiente año el segundo. Pero no por ello el príncipe Jorge abandonaría sus licenciosas costumbres, más bien al contrario, continuaba con igual frenesí.

Boda de Jorge y Marina

Al inicio de la II Guerra Mundial, Jorge volvió a la vida militar activa. Durante un breve periodo de tiempo sirvió en la División de Inteligencia del Almirantazgo y después fue trasferido a la Royal Air Force con el cargo de Oficial del Estado Mayor del Comando de Entrenamiento, con el rango de Comodoro del Aire. Según los autores del libro “Doble rasero”el príncipe Jorge tuvo durante la década de los treinta conversaciones con Rudolf Hess y Alfred Rosemberg y participó en conversaciones secretas con su primo Felipe de Hesse en un intento de evitar la guerra con la Alemania nazi. También aseguran dichos autores que en mayo de 1941 Hesse viajó a Escocia para entrevistarse con el duque de Hamilton y que Jorge estaba presente en esa reunión.

El 25 de agosto de 1942, el príncipe Jorge despegó de Invergordon en Escocia en un S-25 Sunderland . Según la versión oficial su misión era levantar la moral del personal de la RAF destinado en Islandia. La tripulación había sido cuidadosamente seleccionada, tanto el capitán Frank Goyen como el copiloto Thomas Mosley estaban considerados como unos de los mejores oficiales del Ejercito del Aire pero, el avión nunca llegó a su destino. Se estrelló en una colina cerca de Dunbeath, a plena luz del día. La investigación oficial determinó que el accidente se debió a un error del piloto.


El accidente dejó muchas preguntas en el aire y desde luego muchas especulaciones. El único superviviente del accidente Andy Jack no aportó nada a la versión oficial, aunque se apunta a que la generosa pensión vitalicia que se le proporcionó fue la causa de su silencio. Algunos investigadores solicitaron en 1990 a la Oficina de Registros Públicos una copia del Informe de la investigación realizada y para su sorpresa se encontraron con que el informe había desaparecido. Las teorías de que la muerte del príncipe Jorge fue debida a una conspiración y no a un simple accidente continúan.

El duque de Kent fue enterrado en Windsor, en la Capilla de San Jorge hasta que en 1968 sus restos fueron trasladados al cementerio de Frogmore

sábado, 21 de marzo de 2015

Carlos VIII de Francia




Carlos VIII Valois



Nacido el 30 de junio de 1470 era hijo de Luis XI y de Carlota de Saboya y fue el séptimo de sus hijos pero, cuando él vino al mundo ya habían fallecido sus hermanos mayores, por lo que fue el Delfín de Francia desde el momento de su nacimiento.

Tenía una constitución débil y enfermiza, por lo cual su padre, que ya había perdido muchos posibles herederos, se esmeró en su cuidado. Su educación estuvo a cargo de Guilleume Tardif, un humanista que le inculcó el amor al arte.

Tenía tan sólo trece años cuando murió su padre. Era el mes de agosto de 1483, y Carlos fue coronado rey de Francia pocos meses después pero, dada su minoría de edad y que la madre de Carlos tan sólo sobrevivió a su esposo unos pocos meses, la regencia paso a ocuparla su hermana Ana de Beaujeu y su cuñado Pedro II Borbón. No fue fácil la regencia y durante los casi ocho años que duró la misma, Ana tuvo que enfrentarse a las ambiciones de gran parte de la nobleza para lograr mantener la autoridad real. La boda de su hermano, el Rey, supuso el final de su lucha aunque volvería a ocupar la regencia durante las campañas militares de Carlos.

El rey D. Carlos deseaba contraer matrimonio con Ana de Bretaña y anexionarse de ese modo esa parte del territorio que ocupaba el ducado pero, se daba la circunstancia de que Ana acababa de contraer matrimonio por poderes con Maximiliano de Austria. Esa boda fue considerada como una provocación por parte de Francia ya que, por una parte contravenía el tratado de Sablé, según el cual el rey francés debería haber dado su aprobación al compromiso nupcial y por otra, ponía a la Bretaña en manos de su enemigo.

Los hechos se consideraron lo suficientemente importantes como para justificar una invasión del ducado y tras una lucha encarnizada y al no recibir la duquesa ninguna ayuda de los demás reinos, ni siquiera la ayuda de Maximiliano, su esposo por poderes, se ve obligada a rendirse. En la primavera de 1491 Carlos VIII entra en Rennes como vencedor. Allí mismo se anuncia el compromiso de Ana y Carlos tras repudiar la duquesa a Maximiliano I ya que el matrimonio no se había consumado.

Carlos VIII y Ana de Bretaña

Tras el anuncio del compromiso Ana se dirigiría a Langueais, lugar donde se celebraría la boda, escoltada por su propio ejercito, en un intento por demostrar que no se casaba obligada pero, al mismo tiempo, acudió al enlace con dos camas, haciendo patente con este gesto que el matrimonio no comenzaba precisamente bien.

A pesar de estos malos comienzos el matrimonio tuvo cuatro hijos ya que, tanto Carlos como Ana, sabían que una de sus obligaciones principales consistía en dar herederos a la corona y ambos pusieron empeño en ello, aunque la mayor parte del tiempo vivirían separados en distintas residencias. 

Poco después de la boda, Carlos da un nuevo rumbo a su política y comienza una expansión militar cuyo primer objetivo se centra en el Mediterráneo. Así, el rey francés inicia una campaña para conquistar Nápoles y hacia allí se dirige con un nutrido ejército al que sigue un gran número de rameras, unas 800 según algunos cronistas, para cubrir las necesidades de la cuantiosa tropa. Fernando II de Aragón “el Católico” no estaba dispuesto a consentir que Nápoles pasara a manos francesas por lo que envía a Gonzalo Fernández de Córdoba el “Gran Capitán”, quien da al traste con los planes expansionistas de Carlos.

Pero, la guerra había durado mucho y en 1495 empezaron a aparecer casos de una nueva enfermedad, que según Cumano, médico de Carlos VIII, comenzaba con unas pequeñas ulceraciones en el prepucio o en el glande. Los desmanes y saqueos, las violaciones, el traspaso de rameras de uno a otro bando, la repatriación de las tropas al final de la campaña y su dispersión por Europa extendieron el nuevo mal como si de una mancha de aceite se tratara. 

Los napolitanos le llamaron “mal francés”, pero como a los franceses no parecía gustarles esta denominación lo llamaron “ mal napolitano”. Pronto y ante las sospechas de que su origen pudiera ser americano, y haber sido traído por Colon desde allí, se le empezó a denominar también “mal español”. Lo cierto es que al margen de la guerra y de los nombres, la Europa renacentista se acababa de tropezar con lo que hoy denominamos sífilis. Ya en 1496 el alemán Grünspeck escribe un tratado sobre la nueva enfermedad y a los pocos meses, Leonizeno, médico de Ferrara, publicó su libro “De morbo gállico” aunque, el más clínico de todos los tratados se lo debemos al valenciano Gaspar Torrella que, en 1497, escribió un tratado sobre la lúes. 

Carlos se había hecho acompañar a su regreso de Italia por algunos artistas, y se dedicaría a embellecer el castillo de Amboise. Fue él quien inició las primeras reformas y mando construir un ala en estilo gótico tardío donde se ubicaban sus aposentos y los de la Reina. También hizo mejoras en los jardines.

Castillo de Amboise
A pesar de su fracaso en Nápoles, Carlos no se aburría, siempre estaba asistiendo a justas y torneos pues este tipo de juegos le distraían. Por otra parte ponía todo su empeño en conseguir que la Reina le diera un heredero, puesto que a pesar de haber tenido ya cuatro hijos los dos mayores habían muerto.

En la primavera de 1498, Carlos se disponía a asistir a un partido de pelota que se iba a realizar en el foso del castillo. A pesar de que el Rey era de baja estatura, al pasar por una de las puertas que daban acceso a un oscuro corredor se golpeó la cabeza. En un primer momento sólo sufrió una ligero mareo del que se repuso enseguida, continuando de inmediato hacia el lugar donde se celebraban los juegos. Mientras contemplaba el espectáculo y hablaba con el obispo de Angers perdió súbitamente el habla y cayó al suelo afásico. Eran las dos de la tarde y allí mismo lo recostaron en un sucio jergón mientras se daba aviso a sus médicos, que nada pudieron hacer por el Monarca. Carlos VIII fallecía a las once de la noche.

Commynes en sus memorias nos dice que, según los médicos que atendieron al Rey, éste presentó “catarro” y apoplejía. El diagnóstico parece claro : un hematoma subdural con probable fractura craneal. 

Carlos VIII murió el 7 de abril de 1498, tenía 28 años. Sus restos reposan en la basílica de Saint Denis.