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martes, 13 de diciembre de 2016

Isabel de Portugal, esposa de Carlos I




Isabel de Portugal. Tiziano. Museo del Prado


El rey de Portugal, D. Manuel "El Afortunado", había tenido la desgracia de quedar viudo de la infanta Isabel, hija primogénita de los Reyes Católicos, y de perder también al único hijo que su esposa le había dado. Como interesaba a D. Manuel seguir teniendo una buena relación con los reyes de Castilla y Aragón y necesitaba herederos, consideró solicitar a los Reyes Católicos la mano de su hija María, que le fue concedida de buen grado por los monarcas. Poco podía imaginar la infanta María cuando se dirigía a Portugal para desposarse con el que fuera su cuñado que, años más tarde, una de sus hijas volvería a su tierra natal para convertirse en reina y emperatriz. 

Fue alumbrada Doña Isabel en Lisboa, un 25 de octubre de 1503. Era una niña hermosa, segunda de los hijos de los reyes, y fue educada con esmero por su madre quien también fomentó en ella el gusto por la suntuosidad en sus atuendos y en las joyas con las que se adornaba. Cuando contaba catorce años murió su madre, quedando ella al cuidado de sus hermanos. La hermosa niña se estaba convirtiendo en una autentica belleza: esbelta, grácil y airosa, de cabellos rubios y grandes ojos de mirada inteligente, causaba admiración a todos los que la contemplaban. 

Tardó poco D. Manuel de Portugal en contraer nuevas nupcias, a pesar de la gran prole que le había dado Dª María, y contrajo matrimonio con una sobrina de la que fuera su esposa, Dª Leonor de Austria, hija de Juana "La Loca" y hermana por tanto de Carlos I. Tuvo de ella dos hijos, aunque solo uno sobrevivió, y murió pocos años después. Subió al trono portugués el hermano de Isabel, Juan III, quien quiso contar con los consejos de Dª Leonor, la reina viuda, reteniéndola a su lado. Esta situación desencadeno no pocas habladurías y para cortar con ellas D. Carlos exigió a su hermana el regreso a España. 

Corría el año 1525 y D. Carlos I había sido ya coronado Emperador de Alemania en Aquisgrán. Las Cortes de Toledo urgían al Rey para que tomase esposa puesto que convenía afianzar la Corona con un heredero. Había tenido ya D. Carlos algunos amoríos y tenía una hija bastarda reconocida por él pero su fama de hombre galante excedía a la realidad. Se inicia la búsqueda de esposa y se considera la posibilidad de un doble pacto con Portugal: el rey D. Juan desposaría a Catalina, la hija póstuma de Felipe "El Hermoso", que vivía recluida en Tordesillas, y D. Carlos contraería matrimonio con la hermana del rey portugués: Dª Isabel. No fue ajena D. Leonor a estas negociaciones que finalmente fueron aceptadas por D. Carlos. 

El Emperador Carlos V. Tiziano. Museo del Prado

La boda se celebró por poderes a finales de octubre de 1526 y no sería hasta el 11 de marzo del siguiente año que ésta se celebraría en los Reales Alcázares de Sevilla. No sabemos si influyó el embrujo de ésta ciudad o si fue la magia de la Alhambra de Granada, en la que pasaron su "luna de miel" pero, lo cierto, es que el amor entre ambos surgió de inmediato. Tanto deseaba el Emperador hacer feliz a su esposa que hizo plantar en el Mirador de Lindaraja y en su honor unas nuevas flores traídas de Persia: los claveles.

Cuando en noviembre de aquel mismo año los Reyes se encaminaban hacia Valladolid Dª Isabel estaba ya en su tercer mes de gestación y es en esta ciudad donde viene al mundo su primer hijo, Felipe, tras un largo y laborioso parto en el que no se oyó a la Reina emitir ni una sola queja. Tan sólo trece meses después y ya en Madrid, Isabel alumbraría una niña a la que se le impondría el nombre de María. No estuvo presente el Rey en este parto, ya que, asuntos urgentes lo retuvieron en Aragon. Tras el alumbramiento se le presentaron a Dª Isabel unas calenturas tercianas que la dejaron muy debilitada y que, a decir de los madrileños, se curaron por la gran cantidad de agua milagrosa de la fuente de San Isidro que bebió la Reina. 


Alhambra. Mirador de Lindaraja

Han transcurrido pocos meses desde este alumbramiento cuando D. Carlos marcha a Italia dejando a Isabel como regente. Su sensatez y su talento hacían de ella, en opinión del Rey, la perfecta gobernadora y no cabe duda de que así era ya que, aunque no tenía formación en política cuando llegó desde Portugal, su inteligencia, el profundo amor que sentía por su esposo y el adiestramiento de Carlos, la convirtieron en una experta. No en vano corría por las venas de ambos la sangre de dos grandes estadistas: sus abuelos, los Reyes Católicos. Fue durante esta ausencia de D. Carlos cuando Dª Isabel alumbraría a su tercer hijo, un varón al que llamaron Fernando y que moriría pocos meses después sin que su padre hubiera llegado a conocerle.

Larga fue esta ausencia del Emperador que no llegó al puerto de Barcelona hasta 1533. Tan impaciente estaba Dª Isabel por volver a ver a su esposo, que ya llevaba varios meses en Barcelona con sus hijos y es allí donde enfermaría por segunda vez de tercianas o paludismo. Quedó muy debilitada tras estas fiebres que a punto estuvieron de costarle la vida. Una vez restablecida acompaña a su esposo a las cortes de Monzón pues, a pesar de que era muy recatada, le gustaba ser vista por el pueblo y mostrarse ante ellos bien vestida y enjoyada. 

A Dª Isabel le gustaba ser nombrada por su titulo de emperatriz, probablemente por respeto a su suegra, Dª Juana, a la que ella consideraba la Reina. Acudió en distintas ocasiones a visitarla a Tordesillas y en alguna de estas visitas llegó a llevar a sus hijos pero, no han quedado testimonios de cómo se desarrollaban estas entrevistas. 

De nuevo se encontraba Isabel sola. El Emperador había partido hacia Túnez para librar otra de sus múltiples batallas y es en esta ciudad donde se entera del nacimiento, en el verano de 1535, de su nueva hija, una infanta que nació en Madrid y a la que se llamó Juana. A pesar de que el alumbramiento fue normal Isabel estuvo enferma durante la gestación. Fueron unas fiebres de las que no se especifica la causa pero que si son descritas en las cartas que el cardenal Tavera escribe al emperador. 

El emperador Carlos V y su esposa Isabel. Tiziano. Museo del Prado

Ante la incomodidad del gran Alcazar de Madrid, cuyas obras todavía no habían concluido, la Emperatriz había acabado por instalarse en Toledo, ciudad que le gustaba mucho, y donde se instala la corte, fijando Dª Isabel su residencia en el palacio de los Condes de Fuensalida. Allí el ambiente renacentista empieza a impregnar los salones y los poetas Garcilaso de la Vega y Juan Boscán no son ajenos al cambio producido. Tampoco es ajeno a este refinamiento el duque de Gandia, Francisco de Borja, que tocaba prodigiosamente el órgano. La admiración y la devoción que el duque de Gandia sentía por la soberana era notorio pero, si realmente llego a amarla nunca se supo. El duque era un hombre casado que jamás hubiera puesto en peligro su permanencia en la corte de Toledo. Ya se intuía en él la vocación religiosa que desarrollaría años más tarde. 

Era el verano de 1538 cuando regresa el Emperador. No le gustaba mucho a D. Carlos la residencia en Toledo pero, puesto que las obras en el Alcazar continuaban se mantuvieron allí. Se da cuenta entonces D. Carlos de la estricta educación que Dª Isabel imparte a sus hijos a los que parece estar educando más para la vida monacal que para ser príncipes y princesas. Se decide entonces, siguiendo las costumbres europeas, que el Príncipe de Asturias, D. Felipe, que ya tiene once años, pase a tener casa propia y en la elección del cargo de Mayordomo Mayor del príncipe surgen algunos desacuerdos entre los cónyuges. 

El Emperador permanecía en España y Dª Isabel se sentía feliz por ello. En la primavera de 1539 se organizaron fiestas, bailes y justas y el ambiente era alegre en la corte. La emperatriz se hallaba de nuevo embarazada y se esperaba el alumbramiento para el inicio del verano, pero el parto se adelantó tras sufrir la soberana un cuadro febril. Parió un niño muerto y fue asistida tan solo por una comadrona, Dª Quince de Toledo, mujer experimentada que, tal vez por esto, quiso llamar de inmediato a los médicos de su majestad ya que la Reina presentaba una gran hemorragia. A los tres días la fiebre se agudizó por - según las crónicas - gripe y neumonía, así lo hacen constar en cartas escritas al Emperador - que se encontraba en Madrid junto a su hijo Felipe - los doctores Villalobos y Alfaro, que eran quienes la asistían y que no parecían temer por su vida. Sin embargo la fiebre persistió, el cuadro continuó agravándose y finalmente se produjo la muerte. Hoy se piensa que probablemente la causa del fallecimiento fue una infección puerperal. 

Palacio de Fuensalida. Toledo

Aunque avisado con urgencia, ni el Emperador ni el príncipe pudieron ver a Dª Isabel con vida. D. Carlos no quiso verla muerta. Medio enloquecido se refugió en el monasterio de Santa María de Sisla y allí permaneció varios meses sin querer ver a nadie. El duque de Gandía, Francisco de Borja, no se separó del cadáver de la Emperatriz y acompañó al féretro desde Toledo hasta Granada. Junto a él caminaba el príncipe de Asturias, D. Felipe, que fue el único al que no se vio derramar ni una sola lagrima.

No volvió a casarse el Emperador y, aunque tuvo otras relaciones amorosas, no quiso que ninguna otra mujer se sentara a su lado en el trono del Imperio.

 Dª Isabel murió el 1 de mayo de 1539 en el palacio de Fuensalida, tenía treinta y seis años.